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Por Enara Amarillo

Fuente. www.diijoma.blogspot.com

En el mundo patriarcal alcanzar la punta de la pirámide es el objetivo impuesto a la mayoría de los individuos a través de la familia, la educación, la religión y la cultura, ser como esos “privilegiados” que aparentemente son felices porque lo tienen todo. Este juego competitivo nos mantiene en un guerra ruin, no solo con aquel que se convierte en derrotero y debemos alcanzar o aquella cosa que a toda costa debemos tener para ser felices y descansar; es una guerra con nosotros mismos, es acallar la voz propia por algo que nos es ajeno, es una guerra sucia en contra de nosotros mismos, es desconocer nuestro potencial y dormirlo para explotar algo que “debemos tener y ser”.

“La competencia es muy buena porque te pruebas a ti mismo que puedes ser mejor” esta es una frase muy común que justifica la existencia de un mundo que se desconoce a si mismo, que enfila humanos como productos de supermercado poniéndoles precio según convenga; es tan buena la competencia que nos han convencido que la necesitamos porque no habría otro motor para “salir adelante” que ser competitivo y mejor que otros.

La competencia se soporta sobre la mentira y la confusión del amor con favoritismo porque de alguna manera alcanzar y ganar eso que creemos “debemos tener y ser” nos dará un lugar de privilegio, amor y reconocimiento en el mundo, así nos educaron y así hemos sobrevivido. El sobrevivir a toda costa, los fuertes se mantienen y se reproducen, mientras que los débiles se extinguen; la creación de vida un mito competitivo que nos hace ser hijos del espermatozoide más fuerte, cuando la procreación es todo un organismo puesto al servicio de la llegada de uno solo que pueda hacer el trabajo final, es un trabajo cooperativo, colectivo, ningún órgano del cuerpo compite por ser mejor que otro moriríamos si así fuera.

Una lógica ridícula que genera sufrimiento, desigualdad y no se sostiene a sí misma, la única manera de seguir sosteniendo la competencia es mantener  este juego de ganadores y perdedores donde el sacrificio es casi un requisito no solo por los que se frustran y ocupan lugares no gratos en la sociedad, sino el sacrificio de nosotros mismos puestos al servicio de una lógica sin sentido, pues para que unos tengan todo otros deben no tener nada, para que existan víctimas tiene que haber victimarios, para ser los “buenos” tienen que existir los “malos”, lo cual solo alarga una cadena de irresponsabilidad individual y colectiva que lo único que prolonga es la cultura de la guerra; en una sociedad donde el potencial de cada ser humano no puede ser experimentado es una sociedad de seres humanos frustrados.

Conocer las bondades de trabajar en colectivo por un objetivo que esta más allá de nuestros ojos y longevidad, trabajar por un objetivo que dé a cada persona satisfacción y conocimiento en todo nivel, donde pueda experimentar su potencial creativo sea cual sea, va a ser un mundo más tranquilo, donde entendemos que no necesitamos aplastar el sueño del otro para vivir el propio, no tenemos que empujarnos entre nosotros, si hay obstáculos y opositores están mostrando todo aquello que no hemos visto en nosotros que finalmente es en favor de fortalecer lo que somos y lo que desarrollamos. Romper el statu quo, no comulgar más con la violencia a cuenta gotas que la competencia mantiene, dejar la pereza psíquica y salir de la zona cómoda es el verdadero reto, porque ya tenemos el chip competitivo dentro de nosotros y en nuestra cotidianidad.

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Psicoterapeuta, tarólogo evolutivo y facilitador de procesos humanos. Atiendo consulta. Director de la Corporación Dijoma. Dirijo y asesoro proyectos de desarrollo humano, familiar, proyecto de vida. Acompaño empresas y organizaciones en gestión del cambio, conformación de equipos de alto rendimiento, proyectos. Realizador audiovisual por amor al arte.